La salud bucal en los primeros años de vida es fundamental para un desarrollo adecuado. En este artículo abordamos tres aspectos clave de la odontopediatría del bebé en Chile: la primera visita al dentista, el impacto de la lactancia materna y el uso del chupete en el desarrollo oral, y la prevención de la caries de la primera infancia (CPI). Está orientado a odontólogos que trabajan con niños pequeños, con un enfoque clínico-técnico y basado en lineamientos actuales y contexto local.
Primera visita dental del bebé: ¿cuándo y cómo realizarla?
Edad recomendada
Tradicionalmente en Chile se indicaba que la primera visita odontológica ocurriera alrededor de los 2 años de edad, coincidiendo con el control de salud del niño sano por el dentista en el sistema público. De hecho, las pautas del MINSAL han señalado los 2 años como la edad del primer control dental. Sin embargo, sociedades científicas internacionales como la American Academy of Pediatric Dentistry (AAPD) recomiendan que el primer control ocurra mucho antes, idealmente dentro de los 6 meses posteriores a la erupción del primer diente o no más allá del primer año de vida. No existe un consenso absoluto, pero hay una tendencia creciente a promover la visita inicial antes de los 2 años, para instaurar medidas preventivas oportunas. En general, se sugiere controlar a los niños menores de 5 años al menos dos veces al año, ajustando la frecuencia según su riesgo individual.
Objetivos y protocolos de atención en la primera consulta
El objetivo principal de la primera visita es preventivo y educativo. En esta cita, el odontopediatra evaluará el riesgo de cada bebé de desarrollar patologías orales (caries temprana, alteraciones en encías, hábitos nocivos, etc.) y examinará la cavidad bucal de forma suave y rápida. Es habitual realizar el examen clínico con el apoyo de los padres, por ejemplo colocando al bebé en el regazo del cuidador o usando la posición “rodilla a rodilla” (donde el niño se recuesta simultáneamente sobre las rodillas del dentista y del padre/madre). De este modo, se logra una experiencia no traumática, ya que el niño se siente más seguro en brazos de su progenitor. Durante la exploración se revisa el estado de las encías, la lengua, los frenillos y cualquier diente erupcionado, detectando anomalías o presencia de placa/caries incipientes. Asimismo, se enseña a los padres cómo realizar la higiene bucal del bebé (por ejemplo, limpiar las encías con una gasa húmeda y, cuando erupcionan dientes, usar un cepillo infantil suave y pasta dental fluorurada en cantidad mínima), y se entregan recomendaciones sobre alimentación no cariogénica. En esta primera visita no se realizan procedimientos invasivos a menos que exista alguna urgencia; la idea es que el niño asocie el entorno dental con una experiencia positiva. Técnicas de manejo de conducta como decir-mostrar-hacer(tell–show–do), el refuerzo positivo y un ambiente lúdico (juguetes, sonidos suaves) contribuyen a que el bebé y sus padres desarrollen confianza en el equipo dental. Al finalizar, el odontopediatra programará controles periódicos (cada 6 meses u otra frecuencia según riesgo) para dar seguimiento al crecimiento dental del niño y reforzar las medidas de prevención.
Lactancia materna y uso del chupete: impacto en el desarrollo oral
Los hábitos de alimentación y de succión durante la primera infancia pueden influir significativamente en el desarrollo de la cavidad oral del bebé, incluyendo la posición de los dientes y la forma en que crecen los maxilares. A continuación, revisamos los efectos de la lactancia materna y del uso del chupete en la salud oral del lactante, así como recomendaciones preventivas desde la odontología.
Beneficios de la lactancia materna
La lactancia materna exclusiva no sólo brinda beneficios nutricionales e inmunológicos, sino que también favorece un desarrollo orofacial armónico. La acción de amamantar requiere un patrón de succión activo: el bebé debe coordinar labios, lengua, mejillas y mandíbula para extraer la leche, lo que fortalece la musculatura orofacial y estimula el crecimiento adecuado de los maxilares. Estudios han observado que bebés amamantados durante al menos 6 meses tienden a desarrollar una arcada dental mejor conformada y con menor incidencia de maloclusiones, en comparación con aquellos alimentados principalmente con biberón. Además, la lactancia al pecho promueve la respiración nasal (ya que el bebé cierra bien los labios y sella con su lengua el pecho al succionar), lo que ayuda a evitar patrones de respiración oral que podrían influir negativamente en la forma del paladar. Es importante destacar que, desde el punto de vista odontológico, se recomienda la lactancia materna por sus efectos positivos en el desarrollo de la boca y la correcta función muscular. No obstante, una vez que erupcionan los dientes de leche, se debe orientar a los padres sobre higiene oral del bebé después de las tomas, especialmente si las tomas nocturnas al pecho son frecuentes, para prevenir la caries (ya que la leche materna contiene lactosa, un azúcar natural).
Uso del chupete y maloclusiones
El chupete (pacificador) es usado comúnmente para calmar al lactante y tiene beneficios como ayudar a satisfacer la necesidad de succión no nutritiva e incluso reducir el riesgo de Síndrome de Muerte Súbita del lactante cuando se utiliza al dormir durante el primer año de vida, según han indicado algunos pediatras. Sin embargo, desde el punto de vista odontológico, el uso prolongado o inadecuado del chupete puede generar alteraciones en el desarrollo dental y esquelético. La succión del chupete implica una posición distinta de la lengua (que suele bajar y adelantarse) y una fuerza sobre el paladar y los dientes en formación. Con el tiempo, este hábito puede llevar a maloclusiones como la mordida abierta anterior (los dientes anteriores superiores e inferiores no contactan al morder) y la mordida cruzada posterior (estrechamiento del maxilar superior, haciendo que las muelas superiores muerdan por dentro de las inferiores). Numerosos estudios han confirmado la asociación entre el uso del chupete por periodos prolongados y estas alteraciones oclusales. En general, cuanto más tiempo y frecuencia use el niño el chupete (especialmente más allá de los 2-3 años de edad), mayor es el riesgo y la severidad de la maloclusión. La buena noticia es que si el hábito de chupeteo se interrumpe tempranamente, idealmente antes de los 2 años, la mordida abierta anterior suele corregirse de forma espontánea conforme el niño crece y adopta patrones normales de deglución y reposo lingual. Por el contrario, las mordidas cruzadas posteriores no siempre se autocorrigen y podrían requerir tratamiento ortopédico/ortodóntico en el futuro si persisten.
Recomendaciones desde la odontología
Es importante que el equipo odontológico oriente a los padres sobre estos hábitos. Se debe fomentar la lactancia materna exclusiva los primeros 6 meses de vida (como mínimo), e idealmente mantener la lactancia complementada con alimentación adecuada hasta los 2 años o más, tal como recomienda la OMS, por sus múltiples beneficios sistémicos y orales. En cuanto al chupete, si los padres deciden utilizarlo, se sugiere escoger diseños ortodónticos (anatómicos) y emplearlo de manera racional: solo para dormir o calmar al bebé en momentos necesarios, evitando que esté todo el día con el chupete. Nunca se debe untar el chupete con sustancias dulces (miel, azúcar) ya que ello pre dispondrá gravemente a caries tempranas. Lo ideal es retirar el hábito de chupete gradualmente alrededor del segundo año de vida; muchos odontopediatras aconsejan lograr el abandono completo antes de los 3 años a más tardar, aprovechando que a esa edad la plasticidad ósea permite una recuperación espontánea de la mordida si el hábito cesa. Cada niño es diferente, por lo que el odontopediatra debe evaluar individualmente la necesidad de intervención: en algunos casos será suficiente con consejería a los padres sobre técnicas para eliminar el chupete (por ejemplo, método de retiro gradual), mientras que en casos de hábito muy arraigado podría ser necesario un enfoque más específico o controles más frecuentes para vigilar la oclusión. En resumen, el chupete no tiene por qué “demonizarse”, pero sí usarse con criterio y retirarse a tiempo para prevenir problemas en la dentición.
Prevención de caries de la primera infancia (CPI)
La caries de la primera infancia (CPI), también conocida como caries temprana o síndrome del biberón (en casos severos), es la enfermedad crónica más común en niños pequeños. Se define como la presencia de una o más lesiones de caries (cavitadas o no), dientes perdidos (extraídos) por caries, u obturaciones en dentición primaria en niños menores de 6 años. Su impacto es significativo: puede causar dolor, infecciones, dificultades en la alimentación y el crecimiento, así como afectar el desarrollo del niño y su calidad de vida. En Chile, la prevalencia de caries a edades tempranas es alarmante: alrededor de un 17% de los niños de 2 años ya presentan caries, cifra que aumenta a cerca del 50% en menores de 4 años. Esto convierte a la CPI en un problema de salud pública, ya que las lesiones avanzadas en dientes temporales pueden llevar a hospitalizaciones o requerir tratamientos bajo anestesia general, además de ser un fuerte predictor de caries en la dentición permanente si no se interviene a tiempo. A continuación, revisamos los principales factores de riesgo de la caries temprana y las medidas de prevención basadas en la evidencia, destacando el rol del odontopediatra en la educación de la familia.
Factores de riesgo: La etiología de la caries es multifactorial, pero en el caso de bebés y niños pequeños se han identificado ciertos factores de riesgo predominantes. Uno de ellos es la transmisión temprana de bacterias cariogénicas (como Streptococcus mutans) de la madre, padre o cuidadores al niño – por ejemplo, al soplar o probar la comida del bebé con la misma cuchara, o limpiar el chupete con la saliva del adulto. Si los padres presentan caries activas, es más fácil que colonicen la boca del infante a temprana edad. Otro factor crucial es la dieta rica en azúcares: la lactancia materna en sí no causa caries temprana, pero si el niño tiene tomas muy frecuentes nocturnas sin higiene, o si consume leche de fórmula azucarada, jugos endulzados o alimentos con azúcar añadida antes de los 2 años, aumenta significativamente el riesgo. En particular, acostar al bebé con una mamadera (biberón) de leche o líquido azucarado durante la noche es una práctica muy asociada a caries rampante en los incisivos superiores. La higiene bucal deficiente o iniciada tardíamente agrava el riesgo, pues la placa bacteriana permanece sobre las superficies dentales produciendo ácidos. También se ha observado que un nivel educativo bajo de la madre o poca instrucción de los padres en salud bucal se correlaciona con mayor prevalencia de caries en la infancia, al igual que entornos socioeconómicos vulnerables. Por último, la falta de controles odontológicos tempranos y de medidas preventivas profesionales es en sí un factor de riesgo: muchos niños no acuden al dentista sino hasta que hay un problema evidente, perdiéndose la oportunidad de evitar la enfermedad.
Recomendaciones preventivas basadas en la evidencia: La caries es en gran medida prevenible mediante intervenciones tempranas. Algunas recomendaciones clave para el equipo odontológico y los padres son:
Higiene oral desde el nacimiento: Limpiar las encías del bebé con una gasa o paño limpio humedecido en agua hervida enfriada desde los primeros meses de vida (especialmente después de las tomas), para remover restos de leche y acostumbrar al niño a la limpieza. Apenas erupcione el primer diente, iniciar el cepillado dental dos veces al día. Se debe utilizar un cepillo infantil de cerdas suaves y una cantidad mínima de pasta dental fluorurada (del porte de un grano de arroz) asegurándose de esparcirla bien en las cerdas. El flúor tópico en dosis adecuadas es seguro y fundamental para fortalecer el esmalte y prevenir la caries, incluso en bebés – las guías internacionales respaldan su uso temprano, aunque siempre con supervisión de un adulto para evitar la ingestión de pasta. A medida que el niño crece (aproximadamente a los 3 años o cuando puede escupir), la cantidad de pasta puede incrementarse al tamaño de una arveja (pea size). Nunca usar pastas “sin flúor” en niños de alto riesgo, pues se pierde la principal herramienta de prevención.
Dieta no cariogénica: Educar a la familia sobre alimentación saludable para los dientes. Esto incluye evitar el azúcar añadido en el primer año de vida (no endulzar mamaderas, ni ofrecer bebidas azucaradas o golosinas a bebés). La lactancia materna a demanda es lo ideal en el primer semestre; si el bebé recibe fórmula, no debe añadirse azúcar o cereales endulzados al biberón. A partir de la erupción dental, se recomienda establecer horarios regulares de comidas y colaciones, evitando la alimentación continua o a libre demanda de productos cariogénicos. Por ejemplo, no dejar que el niño pase el día con una botella o vaso de jugo en la boca. Para la hidratación, lo más seguro es el agua. Si usa biberón, es ideal retirarlo entre los 12-18 meses de edad y transicionar a vaso, para reducir el riesgo de caries y maloclusiones asociadas al uso prolongado de mamadera. En niños más grandes, privilegiar snacks saludables (frutas, lácteos sin azúcar, vegetales) en lugar de dulces o galletas. También desalentar el uso de bebidas azucaradas o jugos en mamadera a la hora de dormir; lo óptimo es que después del último alimento (pecho o leche) se limpien los dientes antes de acostarlo.
Aplicación de flúor profesional: La evidencia apoya el uso de barniz de flúor en niños de corta edad con riesgo de caries. El barniz fluorurado (por ejemplo al 5% de fluoruro de sodio) aplicado en consultorio 2 a 4 veces al año puede reducir significativamente la incidencia de caries en la dentición primaria. En Chile, muchos programas preventivos (públicos y privados) ofrecen barniz de flúor desde temprana edad, e incluso el MINSAL ha implementado iniciativas como la entrega de pastas fluoruradas y aplicaciones de flúor en jardines infantiles. El odontopediatra debe evaluar el nivel de riesgo del paciente: en un niño de alto riesgo (por ejemplo, con lesiones incipientes o antecedentes familiares de caries), realizar aplicaciones de barniz en dientes temporales desde que erupcionan puede ser muy beneficioso. Asimismo, asegurar que el niño reciba un aporte adecuado de flúor sistémico según la zona geográfica (en Chile, algunas localidades tienen agua fluorurada de red; de lo contrario, el profesional podría considerar suplementos de flúor si está indicado, aunque siempre con precaución para evitar fluorosis).
Educación a los padres y cuidado dental de la familia: Una estrategia preventiva fundamental es educar a los padres, madres o cuidadores sobre cómo evitar la caries. Esto incluye enseñar la técnica de cepillado infantil, la importancia del flúor, y motivar la asistencia regular a controles. Los padres deben entender que los dientes de leche sí importan y que las caries en bebé no son “normales” ni deben esperar a que “se caigan los dientes”. También es clave incentivar que la madre gestante o reciente acuda al dentista: la salud oral materna influye en la del bebé. Tratar las caries de la madre y reducir su carga bacteriana (mediante higienes profesionales, uso de clorhexidina o chicles/xylitol si corresponde) puede disminuir la transmisión de S. mutans al niño. En suma, un enfoque familiar es lo ideal: si los padres mejoran sus hábitos (dieta sin azúcar excesiva, buena higiene, controles), el niño crecerá en un ambiente más protector contra la caries.
Rol del odontopediatra en la educación clínica: El odontopediatra cumple un rol protagónico no solo en la atención directa del niño sino en la educación de la familia y la comunidad. En cada contacto clínico se debe aprovechar para entregar consejos prácticos y reforzar las conductas saludables. Por ejemplo, enseñar in situ a la madre cómo cepillar los dientes del bebé, mostrarle las zonas donde se acumula placa, e incluso utilizar material educativo visual (láminas, modelos) para explicar las consecuencias de la caries de primera infancia. Muchas veces, los padres de primer hijo no tienen referencias sobre cuidados bucodentales del bebé, por lo que la orientación profesional temprana es invaluable. Además, el odontopediatra puede coordinarse con el pediatra u otros profesionales de salud para integrar la salud oral en el cuidado integral del niño (por ejemplo, que el pediatra refuerce en controles de niño sano la importancia de la higiene dental y dieta adecuada, derivando tempranamente al odontólogo ante cualquier signo de riesgo). En Chile, gracias a programas preventivos y al trabajo educativo de los dentistas, se busca disminuir la alta prevalencia de CPI mediante la prevención y educación continua. En conclusión, la prevención de la caries temprana es un esfuerzo conjunto: el odontopediatra lidera con sus conocimientos clínicos, pero requiere el compromiso de los padres/cuidadores y el apoyo del equipo de salud para lograr que cada niño chileno tenga una sonrisa saludable desde sus primeros años de vida.
Referencias:
- Valeria Muñoz, Consejo de Salud Bucal, Odontología UC – Importancia de la salud bucal en los primeros años.
- Guía Clínica MINSAL, Atención primaria odontológica del preescolar 2–5 años (2009).
- Tenorio Cahuana YM et al., Prevención de Maloclusiones en la Primera Infancia (Tesis, Univ. Tacna 2019).
- Oancea R, et al. “Hábito de succión del chupete y alteraciones dentarias” Anales de Pediatría 2013.
- Schroth RJ et al., “Prevalence of Early Childhood Caries and risk factors” Pediatr Dent 2015.
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